- Sam Rockwell encarna a un viajero temporal con una misión apocalíptica.
- La trama se desarrolla en un diner donde se recluta a un grupo para evitar el fin del mundo.
- La película satiriza la dependencia tecnológica y la cultura de las redes sociales.
Gore Verbinski regresa a la dirección con Good Luck, Have Fun, Don't Die, una comedia de ciencia ficción que, a pesar de no cumplir todas sus promesas, entretiene gracias a su elenco y las originales secuencias de acción. El guion de Matthew Robinson, sin embargo, no siempre alcanza la agudeza esperada, lastrando la narrativa con una duración excesiva de dos horas y catorce minutos.
El viajero del tiempo y su misión imposible
Sam Rockwell interpreta a un enigmático personaje que irrumpe en el Norms diner anunciando ser un viajero del tiempo con la misión de salvar a la humanidad de una inminente catástrofe provocada por la inteligencia artificial. Ante la indiferencia inicial de los presentes, absortos en sus dispositivos móviles, el protagonista revela que ha revivido este escenario 117 veces, desarrollando un método para reclutar a un grupo específico de personas presentes en el diner. La película explora la dependencia de la sociedad moderna a la tecnología y la cultura de la selfie.
El auge de la inteligencia artificial y su impacto en la sociedad ya se reflejan en las creaciones de Hollywood, pero la realidad, como en el caso de la demanda de GPUs para su funcionamiento, también es impactada por la tecnología. Lee sobre cómo la IA dispara los precios de las GPUs de gama alta en este artículo: El RTX 5090, un ejemplo alarmante.
Reclutamiento y primeros obstáculos
El grupo de salvadores se forma con voluntarios y reclutas a la fuerza, incluyendo a Susan (Juno Temple), una madre soltera, e Ingrid (Haley Lu Richardson), una joven con un peculiar disfraz de princesa. A ellos se unen Mark (Michael Peña) y Janet (Zazie Beetz), profesores desilusionados, Scott (Asim Chaudhry), un conductor de Uber, y otros comensales. El viaje para cumplir la misión está plagado de peligros, desde policías hasta mercenarios y extrañas aberraciones algorítmicas, como un centauro felino que defeca purpurina.
Crítica a la sociedad digital y sus clones
La película se adentra en las vidas de los personajes a través de flashbacks que revelan sus motivaciones y las distopías que enfrentan en su realidad. Se satiriza la omnipresencia de los tiroteos escolares y la clonación de víctimas, con un toque irónico sobre los clones que incluyen publicidad. La crítica a la superficialidad de la cultura digital y la búsqueda de realidades alternativas se hace patente. Ingrid, alérgica a la tecnología, representa una resistencia a este mundo hiperconectado.
El uso de la IA en la industria del entretenimiento y el posible reemplazo de personal humano es otro tema de relevancia, como se detalla en este artículo sobre el uso de ChatGPT en la creación de videojuegos: CEO de Krafton admite uso de ChatGPT.
El dilema de la realidad frente a la simulación
El clímax de la película se centra en un niño adicto a las pantallas, cuya conexión con el destino del mundo se vuelve crucial. A pesar de la acción y la amenaza de robots y cables, el desenlace se siente algo predecible, recurriendo a tropos comunes en el género de ciencia ficción. La película subraya que la realidad, por dura que sea, es preferible a las simulaciones tecnológicas. La dirección de Verbinski y la fotografía de James Whitaker aportan un estilo visual distintivo, aunque el guion carece de la chispa necesaria para elevar la obra.
Actuaciones y mensaje final
Sam Rockwell aporta su carisma habitual, pero el guion limita su potencial. Juno Temple y Haley Lu Richardson destacan por sus interpretaciones, aportando profundidad emocional a sus personajes. La película intenta lanzar un mensaje contundente sobre los peligros de la inteligencia artificial y la evasión de la realidad a través de la tecnología, pero su ejecución resulta algo tibia. El verdadero terror reside en la desconexión humana frente a la pantalla.